"Pogacar ha convertido el ciclismo en un aburrido 'Dia de la Marmota', el aficionado empieza a odiarle porque quiere héroes que sufren, no robots"
En 1993 Bill Murray protagonizó una original y taquillera película que en España se título 'atrapado en el Tiempo". Murray era en esa ya mítica cinta el hombre del tiempo de una importante cadena de televisión que acude a una pequeña localidad de Pensilvania para cubrir el conocido como 'Día de la Marmota', por la cualidad de ese animal para descifrar si el invierno se alargará o la primavera llegará pronto. Ese día al protagonista le sucede una extraña situación que le hace repetir eternamente el mismo día tras cada 24 horas sin ningún cambio. Los primeros días los vive con curiosidad y extrañeza pero sin apatía, pero al alargarse su vida se convierte en aburrida y cansina.
Eso es lo que le está pasando al ciclismo con Tadej Pogacar. Sus primeras exhibiciones con ataques a60, 70, 80 o 100 kms de meta asombraban, pero a fuerza de repetirse en un guión abúlico y cansino han terminado por agotar el interés del aficionado ciclista.
El ciclista esloveno no tiene la culpa de ser tan superior y disfrutar de esos ataques demoledores, pero el ciclismo está sufriendo, el interés está decayendo y las televisiones que tienen derechos de las carreras donde participa Pogacar comienzan a comprobar unas caídas de audiencia preocupantes.
El aficionado disfruta con los ciclistas que dominan, que atacan y que marcan épocas, pero necesitan acercarse a ellos a través de la emotividad, necesitan verles sufrir, descubrir que son vulnerables, que pasan apuros y sacan orgullo para superar los momentos delicados. Con lo que no se identifican es con los robots que llegan a meta con la misma cara con la que salieron 250 kilómetros antes.
Cada ataque es una invitación a la siesta
Pogacar es indiscutiblemente el mejor ciclista de la actualidad y apunta a ser el mejor de la historia pero no engancha con el aficionado. Sus ataques con dos horas para acabar una carrera son una invitación a la siesta porque ya todos dan por sumido que va a ganar o, más bien, va a volver a pasearse. Ver carreras en las que el guión está escrito de antemano no es atractivo en un deporte que siempre se ha basado en la épica, en las flaquezas y en la incertidumbre del resultado final.
El ciclismo se desangra por culpa de un rodillo aplastante en el que un gigante parece que se enfrenta a enanos impotentes que se contentan con llegar a meta lo menos lejos posible del gran dictador.
Es triste comprobar cómo un talento descomunal como Remco Evenepoel acaba siempre segundo y acaba contento porque, al menos, esta vez ha perdido menos de un minuto con el robot. Así no se genera pasión ni interés. Y lo peor es que con solo 27 años el dominio de Pogacar va para largo.