Miguel Ríos, el currante de Panrico que ganó la Maratón de Sevilla de 1992: ""En el km 30 iba roto, olí comida y llegué a pedir dinero a una persona para comprar un bollo"
Entre los 17.000 dorsales que saldrán a correr mañana en la edición 2026 de la Mararón de Sevilla estará una leyenda que arrastra una carrera insólita.
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Se llama Miguel Ríos, un nombre que suena a rock pero también a maratón. Fue uno de esos pioneros que hace más de 30 años comenzaron a dar lustre y extender la fiebre del running. A pesar de trabajar 8 horas al día en la fábrica de Panrico, este cordobés volador fue capaz de ganar en 1992 la Maratón de Sevilla más icónica de la historia. Y ganó entrenando todos los días de 5 a 7 de la mañana, duchándose y cogiendo el coche para irse a trabajar. Su historia es la de un currante que fue capaz de dar la campanada, romper pronósticos y correr en 2:15.31 frente a los africanos y alguno de los mejores maratonianos españoles del momento, como recuerda en una enriquecedora entrevista en Cordópolis.
Su relación con el atletismo comenzó tarde, ya que fue a los 18 años cuando descubrió que le gustaba correr y comenzó a tomarse en serio el entrenamiento. "Tuve la suerte de que antes del servicio militar conocí el mundo de las carreras. Compaginaba las carreras con mi trabajo. Tenía dos horas para entrenar que luego tenía que recuperar. No tenía ningún privilegio. Me levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar y correr", recuerda el atleta cordobés, ahora con 62 años.
"Debuté en maratón sin ningú conocimiento de lo que era"
Fue en 1984 cuando el pontano se atrevió con una gran maratón. Sin pensárselo, osó a participar en la de Sevilla. “Salí sin conocimiento y me quedé sin gasolina. De hecho, en La Alameda me vino olor a comida y llegué a pedir dinero a una persona para un dulce. Terminé y cuando llegué a Puente Genil me desperté lleno de babas”, explica de aquella experiencia. Resultó duro el estreno en la vecina capital pero también abrió la puerta a un futuro prometedor. “A partir de ese día conocí al doctor Jaime Conde, de Anatomía Patológica del hoy Hospital Juan Ramón Jiménez, y empezó a darme unas pautas. También conocí a Antonio Escribano junto al doctor Berral y ellos fueron los que me dijeron que tenía cualidades para conseguir lo que quisiera”, subraya. Los tres médicos le ayudaron a alcanzar la cima en la prueba en que tanto sufrió y en muchas otras.
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Es necesario avanzar ocho años, y tener al después apodado como 'corredor de las magdalenas' con 34 años y en plenitud de sus virtudes atléticas, para llegar al clímax de su trayectoria deportiva. Era 1992 y España estaba preparada para vivir sus 12 meses más intensos en décadas, ya que eran los de su salto hacia delante, hacia el desarrollo. Barcelona debía albergar en verano los Juegos Olímpicos -que a la postre son recordados como los mejores contemporáneos- y Madrid ostentaba el título de Capital Cultural Europea -con Córdoba desbancada en la pugna-. Se creó la primera línea de Alta Velocidad (AVE) y fue porque en Andalucía también se producía un evento a gran escala.
Sevilla era sede de la Exposición Universal -o mejor, Expo– y todo era una fiesta allí. Por supuesto, la Maratón no fue menos. El Ayuntamiento gastó unos 30 millones de las antiguas pesetas para contar con los atletas más destacados del momento. Nada podía fallar, un nombre de fama internacional daría mayor relevancia a la prueba. Y no fue así. “Suena a nivel mundial y contratan a rusos, keniatas, etíopes… Lo mejorcito que había por ahí. Y con un número 666, que dicen que es el número del diablo. Pero es como yo le digo a mis niños, no hay que tener susto de nadie”, comienza a describir aquel día, que considera “mágico”. “Empiezan a caer corredores en el kilómetro 21 y se me van los keniatas. Me dice el médico que vaya a por ellos y les cojo, por lo que me dice que tire. Uno se retiró y otro acabó décimo”, sigue. “Lo más gracioso es que cuando llegué a la Catedral y venía sintiendo que tenía una ampolla. Cada vez que pisaba veía estrellas, pero tenía que llegar de alguna forma. Luis Beltrán (periodista) me dijo que sacaba 40 segundos”, continúa. Restaban dos kilómetros para la meta.
"Cada vez que pisaba eso era un cuchilo"
“Cada vez que pisaba eso era un cuchillo. Total, llegué a meta y mi sorpresa es que me dijeron que saqué dos minutos y medio al segundo. Batí el récord de la prueba”, cuenta sobre su triunfo la Maratón de Sevilla en plena celebración por la Expo 92’. Los favoritos se rindieron al hombre que dedicaba sus días a distintas labores en Panrico. “Me di cuenta al momento de todo lo que había conseguido: tercera mejor marca de España y quinta de Europa. Me cogió la firma Nike para Andalucía y estuvo 12 años patrocinándome”, resalta. Y todo, con un problema en el pie que no era baladí. “Acabé y me preguntó un médico si tenía algo. Le dije que no, que solamente una ampolla en el pie. Me puso un espejo para que la viera y me pillaba toda la planta, toda negra. El doctor no sabía cómo pude correr con eso”, completa la historia. Aunque no del todo, ya que la victoria deparó otro momento. “En la avenida de la Cruzcampo (Cruz del Campo) me dijeron que iba primero y no me lo creía porque iba el malogrado Diego García. El entrenador le dijo a mi mujer que venía primero y decía ella que cómo iba a ser eso. Cuando me vio entrar estaba que le iba a dar algo. Le dieron una tila”, apunta. Su pareja estaba en avanzado período de embarazo.
Dadas las expectativas puestas en esta edición de la Maratón de Sevilla, que un tipo de Puente Genil subiera al primer cajón del podio no sentó bien a los organizadores. “Si ganabas te daban el dorsal 1 (sin pagar) y 100.000 pesetas o así. Se abrieron las inscripciones y no me decían nada. Y hablé con Parrilla Melero, que trabajaba en la Diputación, y al tiempo me dijo: he llamado a esta gente y se han enfadado porque ganes, esta gente se ha gastado una millonada en traer corredores y ganas tú”, relata. Miguel Ríos tuvo que volver a la capital hispalense sin honores, con número comprado como el resto. “Qué más orgullo que gane un andaluz, que además entonces estaba en el club de San José de la Rinconada. En América gana un americano y le ponen una estatua en Central Park”, agrega. Aquello sucedió tras otro sinsabor: mereció ir a Barcelona 92’ pero no recibió llamada. “En Sevilla conseguí mínima olímpica sin ser profesional. El problema es que estaba el programa ADO, que tienes una beca durante cuatro años pero te puedes lesionar. Había dos o tres atletas lesionados y pudieron decir: oye, le damos paso a Miguel, que está preseleccionado”, indica. “Sin embargo, no. Y en el año 92 estaba muy bien. Hubiera sido el sueño de cualquier atleta popular”, agrega.
Al menos, como ocurrió décadas después en Sevilla, en Madrid corrigieron su error. “Para compensarme, luego la Federación me hizo internacional en el 96 y 97 para ir a Brasil, a los Campeonatos Iberoamericanos, que fue mi primera internacionalización oficial. Fíjate dónde llega un cateto de pueblo”, recuerda con buen humor.